viernes, 21 de octubre de 2016

EL NOBEL DE LA MÚSICA GOES TO...


Hoy es un día de estrenos. Estrenamos sección de opinión llamada editorial donde CARLOS EL ESCRITOR nos deleitará con su opinión sobre varios temas. El primer es sobre el reciente y polémico nobel de literatura.

EDITORIAL 
 
Cada uno con su opinión, que libres somos, sin embargo, con todo el respeto del mundo y la consideración que se merece el mundo de la música, que le hayan dado el premio Nobel a un cantante, argumentando su aportación poética a la literatura, no deja de ser un atrevimiento peligroso y, seguramente, poco acertado. Más cuando el propio premiado pasa de cogerle el teléfono a los suecos. Para una empresa privada este gesto supondría una cagada (perdón por la expresión), pues primero levantas la polémica y, luego, quien debe apoyarte (el premiado) y que debe dar una impresión fantástica pasa de tu culo (pido perdón de nuevo). Intuimos que los premios Nobel tienen un componente político enorme y, según dicen las malas lenguas, las nominaciones y premiados son elegidos por influencias y tejemanejes extraños. Yo he llegado a oír que el dinero lo pone directamente algún grupo de presión a cambio de que se lo den al elegido por ellos. A mí ya este argumento que raya el complot me empieza a ofrecer trama hasta para una novela, aunque no descarto su veracidad, pues cosas más raras he visto y desconozco el método de financiación de la fundación Nobel.

Volviendo al mundo literario entiendo que muchos escritores se hayan sentido ofendidos o "agredidos". El trabajo de un cantautor (refiriéndome a la letra, no a la música) está a una distancia atroz del trabajo que lleva un buen libro (repito, buen libro, de los malos no hablamos). Además de considerar una intromisión bestial en su campo profesional, al igual que un cantante se sentiría molesto si un escritor recibe, por ejemplo, un Grammy por el mejor libro latino o por las mejores sugerencias musicales. ¿Eiiiinnn? Exacto, sería una locura ¿o no?

En el plano económico (este mundo se mueve con perras, you know), está el hecho de que una figura como Bob Dylan no necesita ni de lejos la pasta del premio (cerca del millón de euros) para seguir aportando su granito de arena al mundo de la literatura ¿o era al mundo de la música? Creo que ya me he perdido... Al fin y al cabo, ese dinero debería suponer un empuje a un escritor para seguir creando grandes obras literarias con la libertad y el tiempo necesarios para ello. Eso creo yo, y eso creería seguramente Alfred Nobel, hoy revolviéndose en su tumba, al crear estos premios que debían empujar a cada cual en su campo por el bien de la humanidad.

Y revolviéndose, seguramente, estarán también las editoriales, cuyas ventas no se habrán visto impulsadas por el premio Nobel de turno. Siempre les quedará la opción de vender la biografía de Dylan, o su libro de recopilación de canciones. Aunque mucho me temo que no venderán igual. Y todavía más fastidiados estarán los libreros, esos seres humanos entrañables que aguantan con una curiosa mezcla de ilusión y rabia, y que esperaban con ganas algún premio Nobel interesante que les ayudara a unir las ventas de setiembre con diciembre, la escolaridad con la Navidad.

Ahora nos queda saber si la cagada de la fundación se medio arregla con Dylan recogiendo el premio en Estocolmo y haciendo honor y gala con un buen discurso que justifique las “nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”, o simplemente comportándose discreta pero adecuadamente, para que no se levanten más ampollas en el mundo literario. A partir de ahí, se verá si este se convierte en un hecho aislado para olvidar o se abre el rango de nominados para que, a partir de ahora, puedan acceder al premio de literatura otro tipo de profesionales, como cantantes, correctores o agencias de spam-mail. Visto de esta manera, los escritores deberían alegrarse, quizás ellos puedan optar a los premios científicos escribiendo novelas de ciencia ficción, al fin y al cabo, las grandes ideas, revoluciones y avances surgen ahí, en la mente de unos creadores que impulsan a los demás a creer en cosas inverosímiles.